Jesús vino a buscar y salvar lo que se había perdido. No vino a formar una élite espiritual, sino a mostrarnos el camino del servicio, la humildad y el amor. Reconocer nuestra necesidad de Dios es el punto de partida del milagro: cuando dejamos de creernos suficientes y le damos a Dios el primer lugar.
Jesús no vino a condenar ni a derrotar a nadie, sino a rescatar corazones. No llamó a justos, sino a quienes aceptan que han fracasado y necesitan salvación. Todo lo creado por Dios tiene un propósito, y nuestra utilidad nace de vivir una vida de obediencia, servicio y entrega al prójimo.
Pasar tiempo con Jesús es esencial. Él no vino a traer paz al mundo, sino paz al corazón. Frente a una sociedad que prioriza el deleite pasajero, Jesús nos llama a cambiar lo temporal por lo eterno y a caminar hacia una vida con sentido, esperanza y propósito en Dios.