JUAN 12:20-26
Unos griegos habían llegado a Jerusalén para celebrar la Pascua y se acercaron a Felipe con una petición: «Señor, queremos ver a Jesús». No se trataba simplemente de verle con los ojos, sino de conocerle de verdad, abrir el corazón y descubrir quién es Él.
Jesús aprovecha esta petición para hablar de la hora que había llegado: la hora de su glorificación. Pero su gloria no sería como la gloria de este mundo. Su camino pasaba por hacer la voluntad del Padre y llegar hasta la cruz.
Jesús utiliza entonces el ejemplo de un grano de trigo: si cae en tierra y muere, produce mucho fruto; pero si permanece solo, no da fruto.
Él estaba hablando de su propia muerte. Jesús entregaría su vida para que muchos pudieran recibir vida. Su sacrificio sería el comienzo de un fruto que llegaría a personas de todas las naciones.
Pero también nos habla a nosotros. Seguir a Cristo implica morir a nuestro yo, dejar de vivir únicamente para nuestros propios intereses y poner nuestra vida en las manos de Dios.
La pregunta es inevitable: ¿para quién estamos viviendo?
Podemos buscar la aprobación, el reconocimiento y la gloria de los hombres, o podemos decidir vivir para la gloria de Dios. Podemos conservar nuestra vida para nosotros mismos o entregársela a Cristo para que Él produzca fruto a través de ella.
Jesús nos recuerda que el que le sirve debe estar donde Él está. Allí donde Cristo está llevando esperanza, sirviendo, restaurando vidas y anunciando el evangelio, allí también está llamado a estar su discípulo.
No hemos sido llamados a vivir para que el mundo nos honre, sino para honrar a Dios.
El grano tiene que caer en tierra. Hay que morir a nosotros mismos para vivir para Cristo y dar fruto para Dios.

