PRÉDICA DOMINGO 18 DE OCTUBRE DE 2026.

El anhelo de todo creyente debe ser ser usado por Dios. Él tiene preparada una vida diferente para nosotros, pero muchas veces preferimos seguir nuestras propias ideas y nuestros deseos, rechazando las bendiciones que Él nos ofrece por las cosas que el mundo nos presenta.

Dios nos llama tal como estamos, pero cuando conocemos a Jesús, algo poderoso debe suceder en nuestra vida. No podemos seguir siendo los mismos: necesitamos permitir que el Espíritu Santo transforme nuestra actitud, nuestro corazón y nuestra manera de vivir.

¿Qué ropa llevamos delante de Dios?

En la parábola de las bodas, el hombre que no llevaba el vestido adecuado nos recuerda la importancia de responder correctamente al llamado de Dios. No basta con acudir a su presencia; debemos permitir que Él obre en nosotros.

Debemos preguntarnos: ¿Qué ropa estamos llevando a la casa de Dios? ¿Es la ropa de nuestra antigua manera de vivir, de nuestras propias ideas y actitudes, o estamos dispuestos a despojarnos de todo aquello que impide que el Espíritu Santo trabaje en nosotros?

Esto también se refleja en nuestra vida de oración, en la lectura de la Palabra y en nuestra disposición para escuchar la voz de Dios. No podemos ignorar al Espíritu Santo y esperar una transformación si no estamos dispuestos a obedecer.

La Iglesia tiene una misión

Jesús vino a reconciliar al mundo con Dios, y la Iglesia tiene la responsabilidad de acercar a las personas a Jesús. Por eso, no estamos llamados solamente a formar parte de una congregación, sino a vivir comprometidos con el propósito de Dios.

Dentro de su plan, todo es posible, pero debemos estar dispuestos a escucharle, obedecerle y servirle. No podemos conformarnos con asistir a la Iglesia sin experimentar un cambio verdadero.

La Palabra nos recuerda: «Porque muchos son llamados, y pocos escogidos» (Mateo 22:14). El llamado de Dios requiere una respuesta sincera y una vida dispuesta a cumplir su voluntad.

Una fe que se demuestra con obras

Dios nos recibe tal como estamos, pero no debemos aplazar nuestra respuesta, porque no sabemos cuál será nuestro último día. Es tiempo de dejar la pasividad y vivir una fe auténtica, que se refleje en nuestras acciones.

Como dice Santiago 2:17: «La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma».

Si decimos que tenemos fe, pero no servimos, no obedecemos ni hacemos nada para la obra de Dios, debemos examinar nuestro corazón. No podemos conformarnos con hacer lo mínimo, sino que debemos estar dispuestos a dar lo mejor de nosotros para cumplir el propósito que Dios tiene para nuestra vida.