PRÉDICA 11 DE SEPTIEMBRE 2022

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En el presente domingo nuestro hermano Carlos nos habló acerca de Romanos 8:18-30. Dios tiene un plan para nuestras vidas, para sus hijos, desde antes de la creación del mundo. Hemos sido hechos hijos de Dios, aquellos que hemos aceptado a Cristo como nuestro salvador. Hemos sido adoptados dentro de la familia de Dios (hemos recibido el Espíritu de adopción). Por ello podemos clamar a él y llamarlo «Abba Padre».

La meta del plan de Dios para nuestras vidas es alcanzar su gloria (Romanos 3:23). Esta gloria venidera, que en nosotros ha de manifestarse, no es comparable con las aflicciones del tiempo presente. La creación espera ansiosa nuestra manifestación gloriosa, como hijos de Dios que somos. Aún estamos en la Tierra y con nuestro cuerpo carnal. Hemos recibido las primicias del Espíritu Santo en nuestras vidas, un adelanto de la gloria que plenamente recibiremos. El Espíritu de Dios da testimonio interior a nuestro propio espíritu, de que somos hijos de Dios. El Espíritu de Dios nos ayuda en nuestra debilidad, de la cual estamos rodeados en este mundo e «intercede por nosotros, con gemidos indecibles».

Hay que seguir un proceso continuo en nuestras vidas, hasta alcanzar la gloria. Dios nos ha marcado un propósito a cada uno de nosotros. El objetivo de Dios es moldearnos, de modo que seamos como Jesús, su hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Emprender un proceso para recuperar la imagen de Cristo en nosotros. El Espíritu Santo que Dios nos ha dado es ese aliento de vida, necesario para nuestra supervivencia, como sus hijos que somos. El Jesús encarnado es el que Dios toma de referencia para hacernos a nosotros. Jesús está sentado a la diestra del Padre, con su gloria.

Hemos heredado la naturaleza de Adán, pero hemos de tener la naturaleza del nuevo hombre y la nueva criatura. Será ella la que nos llevará hacia la gloria. La otra debe morir. «Los que son guiados por el Espíritu Santo, estos son hijos de Dios». Cuánto más blandos, más fáciles de moldear. Si estamos más duros la tarea se complica.

Todo para que Dios cumpla su propósito en nuestras vidas, en aquellos que aman a Dios sobre todas las cosas y a su prójimo como a ellos mismos. Si nuestra meta es glorificar a Dios y cumplir su voluntad, «todas las cosas nos ayudarán a bien». «Que se haga tu voluntad y no la mía» (Jesús en Getsemaní, claro ejemplo de amar a Dios sobre todas las cosas). Seremos herederos de Dios y coherederos de Cristo si padecemos juntamente con él.